Recientemente cumplí 5 años desde que llegué a mi actual iglesia por lo que han sido un par de semanas en la cuales he podido rememorar la obra del Espíritu en mi vida, poniéndote un poco en contexto, el Señor me rescató de una muy fuerte depresión y el día en que decidí acabar con mi vida, por su mera Gracia, una publicación en Instagram me llevó a conocer aquella iglesia a la que hoy llamo hogar.
Hubo un proceso después de haber llegado, mi mente no se silenció una vez «pisé el local», le siguieron un par de meses de una constante lucha mental hasta que tuve un encuentro de lleno con el Espíritu Santo durante un congreso de jóvenes en noviembre del 2018, definitivamente un antes y después en mi vida, o más bien, el comienzo de una nueva vida en Cristo. A partir de ahí comencé una vida de lleno en el servicio, reuniones de jóvenes, liderazgo en adolescentes, grabaciones en tiempos de pandemia, cursé Intensivo, etc., todo tendría que ir de maravilla a partir de ahora, ¿no?
No obstante, con el pasar de los meses y un par de años más tarde, comencé a notar que mi vida se volvía un desierto, después de haber experimentado la libertad que Cristo me otorgó, yo mismo comencé a encadenarme a mi pasado, a mis fracasos. Poco a poco mi fe iba secándose, comenzando de nuevo a creer en las mentiras del enemigo por encima de las verdades de Dios sobre mi vida. En un punto, mis emociones, ideas y pensamientos se volvieron mi «dios», y le ofrendaba con mis preocupaciones, miedos y silencio.
De nuevo, estaba en un desierto, aquella soledad en la que yo mismo me adentré, ¿y ahora qué?
Isaías 43 (RVC)
18 «Ya no se acuerden de las cosas pasadas; no hagan memoria de las cosas antiguas. 19 Fíjense en que yo hago algo nuevo, que pronto saldrá a la luz. ¿Acaso no lo saben? Volveré a abrir un camino en el desierto, y haré que corran ríos en el páramo.
Gracias a este pasaje comprendí dos cosas muy importantes, que siempre hay cabida para algo nuevo sin importar las grandes cosas (buenas o malas) que hayan sucedido atrás, y que no hay desierto tan seco del que el Señor no pueda hacer fluir ríos para traer vida que nos saque de cualquier densa soledad. Sin embargo, aún con este entendimiento, seguía sin entender…
¿Por qué mi mente no se calla?
¿Por qué si sé que soy libre me sigo sintiendo atado? ¿Por qué si aconsejo a otros, me cuesta tanto desanudar el hilo de mis pensamientos? ¿Por qué, simple y sencillamente, mi mente no se calla?
Luego de distintas situaciones que fueron acumulándose con el tiempo, y gracias a la orientación, apoyo y ánimo de algunas amistades dentro de la misma congregación, comprendí que definitivamente algo no estaba «funcionando bien» dentro de mí, por así decirlo, por lo que tomé la decisión de buscar ayuda psicológica y, 3 años después de tener ese choque de lleno con el Espíritu Santo, me diagnosticaron un par de trastornos mentales.
Una vez más, no entendía lo que estaba pasando, por qué si era un hijo de Dios, tenía esta clase de problemas, y es que he de admitir que tenía un cierto estigma respecto a la psicología, creyendo que de cierta forma era algo muy contrario a la fe o a la dependencia a Dios. A pesar de ello, me sometí a un proceso terapéutico, donde poco a poco fui comprendiendo que nuestra salud mental no es más ni menos importante que nuestra salud física, y así como el asistir a un doctor por algún problema del estómago no es algo que ponga en duda mi fe, el atender mi cerebro no era más que cuidar una parte importante de este templo que Dios diseñó para mí.
¿Había un propósito detrás de esto?
2 Corintios 12:7-9 (RVC)
7 Y para que no me exaltara demasiado por la grandeza de las revelaciones, se me clavó un aguijón en el cuerpo, un mensajero de Satanás, para que me abofetee y no deje que yo me enaltezca. 8 Tres veces le he rogado al Señor que me lo quite, 9 pero él me ha dicho: «Con mi gracia tienes más que suficiente, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» Por eso, con mucho gusto habré de jactarme en mis debilidades, para que el poder de Cristo repose en mí.
Nunca se nos explica que era ese aguijón para el apóstol Pablo, pero comprendí que si aquellos trastornos, mi condición mental sería ese aguijón, no importaba, no me definiría por ellos, sino que me refugiaría en la suficiencia de su Gracia, descansaría en su poder perfeccionándose en mi debilidad.
Hoy, 5 años después, me queda claro que el que pueda estar redactando esto es una gran prueba de la fidelidad de Dios y el propósito que tiene para cada uno de nosotros. A pesar de todo lo anterior que te conté y todo mi trasfondo psicológico, no ha habido impedimento alguno para seguir avanzando en temas de llamado, responsabilidades y madurez. Hace poco más de un mes comencé a trabajar a tiempo completo en mi iglesia, mi hogar, comenzando una nueva etapa en mi vida, y por medio de mi testimonio me gustaría animarte a salir de la cueva de soledad por la que puedas estar pasando, con todo gusto estamos para escucharte y me gustaría volver a decirte una vez más, no hay desierto tan seco del que el Señor no pueda hacer fluir ríos en tu vida.


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